En la actualidad, en el imaginario colectivo, el ser se confunde con el tener. El sentido asignado al ser como "ser ahí en el mundo" (Heidegger), "ser para sí"(Sartre), ser como "conciencia o yo" (Freud) constituye, desde el existencialismo y la psicología freudiana, la superación de las antiguas ambivalencias entre esencia y existencia que ocuparon la atención de Platón y Aristóteles y también de explicaciones panteistas como las de Heráclito, Parménides, Demócrito, etcétera, inspiradas en una filosofía aún más antigua como fue la del Egipto de Menphis y Alejandría. Desde que éticas como las de los epicureistas, estoicos y cristianos, fueron desbordadas, a partir del siglo XV, por la reviviscencia de los valores contenidos en los mitos griegos y romanos, y luego, a partir del XVII, por el racionalismo y la ilustración con Descartes, Kant, Espinoza y Hegel y por los empiristas y positivistas Hobbes, Locke, Hume, Rousseau, Diderot, D´Alambert, Voltaire, hasta desembocar y ser desvestidas de su prestigio ontológico por Nietzsche, a finales del siglo XIX y por el socialismo científico de Marx y otros pensadores, hasta hoy en que se ha descubierto que la nada atraviesa nuestro ser y que este es como "ser para sí" no siendo (Sartre, "El ser y la nada"), o es en el ahí del mundo, o sea, en su caida en lo inauténtico y en su constante ocultamiento y retirada (Heidegger, "Ser y tiempo), o, como órgano perceptor, limitado y limitante, de lo inconsciente, yaciente por debajo de su ser conciencia o yo (Freud, "La interpretación de los sueños", "Psicopatología de la vida cotidiana", "El chiste y su relación con lo inconsciente"), o, como también podría predicarse de él, que se ha hecho liquido y liquidable (Bauman, "Modernidad líquida"), este tan asendereado y sacudido concepto de ser llega a confundirse con los objetos que lo atraviesan y que atraviesa.
El ser será así, aunque siempre virtual y conceptual, una construcción de sentido que se tiene en cuenta a sí propio como un posibilidad unidireccional y superdeterminada sólo en cuanto y en tanto poseé o tiene, porque de este modo su invisibilidad, su no ser sino para lo que percibe, su ocultamiento, se materializan, se tornan tangibles y experimentables. Será la cuna, los juguetes, los libros, el auto, la fiesta de bodas y hasta el féretro en el que ya, convertido irreversiblemente en "ser en sí", se hace experimentable, empírico y también líquido o etéreo. Otras posibilidades del ser se han abandonado. La de creer por ejemplo.La de intuír por ejemplo. La de contemplar, crear, amar, etcétera, y, sobre todo la de solidarizarse, compadecerse y realizarse en la convivencia social.
De todas las posibilidades del desplegarse el ser, de desarrollarse el ser, se ha elegido y se elige, de modo privilegiado, la de tener. Con todo lo que semejante actitud conlleva de negativo. Ya que los peores defectos y disvalores pueden adscribirse al tener. El primero y más evidente, su contracara, el terror a perder, extraviar, lo que se poseé. El miedo a que se sustraigan bienes poseidos. El entronizamiento de la propiedad como valor máximo, el acopiar bienes propio del tacaño. Los celos sobre los bienes. El cuidado desmesurado de los valores puramente materiales. El vivir al servicio de ellos. El cuidar que no se deterioren y el reemplazarlos por otros cuando se vuelven obsoletos, dando lugar así a un consumismo enfermizo, cada vez más acelerado, en el que el propio ser se consume con igual velocidad.
La huida de la única posibilidad del ser que siempre se tornará verdadera que es la de la muerte, la del alejarse en el sentido más propio el ser de sí mismo, o sea la de su finitud irreversible, la huida del morir como idea y posibilidad que gravita sobre todas las demás todo lo que sea posible, se proyecta sobre las cosas, los objetos, los bienes, valores todos ellos materiales y tangibles que también, además de dejarse poseer como corresponde a su pasividad, comunican al ser una virtualidad fantasmática, espectral, en todo sentido, haciéndole emprender el viaje o la diáspora hacia diversos destinos impropios con el mismo ímpetu y ausencia de formas, que lo metamorfosean y camaleonizan o lo adaptan a las irregularidades y anfractuosidades de su vida mundana, como las aguas de los rios y arroyos que descienden por las faldas abruptas de las montañas alegre y despreocupadamente con olvido absoluto del mar que gravita sobre las fuerzas de sus torrentes y en el que habrán de perder sus identidades.
El ser se extravía entre los objetos, cae, se desliza y deslíe entre ellos. Se valoriza y desvaloriza, tasa, precia y deprecia como ellos. Se mercantiliza y se vende, permuta, regala, usa, disfruta o alquila igual que una cosa. Por eso nuestro Enrique Santos Discépolo ha podido afirmar en su "Cambalache": "Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, pretencioso, estafador. Todo es igual, nada es mejor. Lo mismo un burro que un gran profesor" y ha igualado la convivencia en el escaparate de la biblia con el calefón, lo que alude a la mezcla de valores, al "cambalache" en que se ha convertido la vida mundana, el destino mismo del ser en el mundo. Su inautenticidad, su ocultamiento, su nihilización, su conversión en mero perceptor de una realidad en la que consume y es consumido constantemente y sin cesar.
Pero este consumirse y confundirse, además de depreciarlo, gasta y embota o atrofia sus restantes posibilidades de ser o, por lo menos, las achica y aminora en un voraz y progresivo anonadamiento que termina por deglutirlo y desvalorizarlo frente a sí mismo. Lo torna ansioso, lo angustia, lo deprime y acaba finalmente con su autovaloración y su autoestima. Creo que la gran metáfora del siglo XX en literatura para esta situación del ser humano ha sido y sigue siendo el cuento de Franz Kafka "La metamorfosis". Ese Gregorio Samsa que somos un poco todos y que de algún modo nos hemos insectificado, convertido en insectos como él.
Amilcar Luis Blanco